La desinversión es lo contrario a la inversión – simplemente significa deshacerse de las acciones, los bonos o los fondos de inversión que son poco éticos o moralmente ambiguos.

Cuando inviertes tu dinero, puedes comprar acciones, bonos o realizar otras inversiones que generan ingresos para ti. Las universidades, las organizaciones religiosas, los fondos de pensiones y otras instituciones ponen miles de millones en este tipo de inversiones para generar ingresos que les ayuden a continuar funcionando.  Las inversiones en combustibles fósiles son un peligro para los inversores y el planeta, por lo que hacemos un llamamiento a las instituciones a desinvertir de estas compañías.

Ha habido unas cuantas campañas de desinversión exitosas en la historia reciente, incluyendo aquellas dirigidas a la violencia en Darfur, la publicidad del tabaco y otros, pero la mayor y más impactante se llevó a cabo contra el Apartheid en Sudáfrica. Para mediados de los años 80, 155 campus –  incluyendo algunos de los más famosos del país – desinvirtieron de compañías con negocios en Sudáfrica. 26 gobiernos de estado, 22 países y 90 ciudades, incluyendo algunas de las más grandes de la nación, retiraron su dinero de las multinacionales con negocios en el país. La campaña de desinversión de Sudáfrica ayudó a fracturar el Gobierno del Apartheid y establecer una era de democracia e igualdad.

La desinversión en combustibles fósiles hace que la industria se responsabilice por su culpabilidad en la crisis climática.  Mostrando su influencia singularmente destructiva — y  evidenciando las dimensiones morales del cambio climático — esperamos que el movimiento de desinversión pueda ayudar a acabar con el dominio que la industria de combustibles fósiles  tiene en nuestra economía y nuestros gobiernos.

La desinversión también significa cortar los lazos con la industria de combustibles fósiles, cuyas compañías cultivan relaciones de patrocinio que ayudan a crear una ‘licencia social para operar’. Esto contribuye a preservar la legitimidad que les posibilita continuar expandiendo sus operaciones en un momento de crisis climática y reprimir las demandas de justicia de aquellas comunidades que viven en primera linea de sus operaciones destructivas y contaminantes. Solo una década antes, las compañías de tabaco eran consideradas socios de las instituciones públicas. Eso ya no es así. Creemos que debería pasar lo mismo con las compañías de combustibles fósiles. El público está reconociendo rápidamente que los programas de patrocinio son medios con los que pueden distraer la atención de su impacto en los derechos humanos, el medio ambiente y nuestro clima global. Solo romper los vínculos de respaldo entre las empresas petroleras y las instituciones no evitará los desastres.   No traerá justicia donde corresponda, pero al crear un debate público informado que cuestione si la asociación de estas compañías con nuestras instituciones es aceptable, reforzamos los intentos de que la industria de combustibles fósiles rinda cuentas en las esferas políticas y financieras.

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